pusharo

by Angela De Dalmau

THE PUSHARO PETROGLYPHS

Peruvian Amazon Rainforest, Peru

An enigma in the heart of Amazonia. Recent research provides new insights into its significance.


Ancient Amazonian Petroglyphs

Parque Nacional del Manu

EXPEDITION ALTO MADRE DE DIOS


Angela De Dalmau & Francesc Serrat

EXPEDITION

Pusharo Petroglyphs

Los Petroglifos de Pusharo fueron reconocidos en el 2003 como patrimonio arqueológico por el Instituto Nacional de Cultura del Perú

En la década de los 70 se empezaron a conocer públicamente los petroglifos de Pusharo, localizados en pleno territorio Machiguenga, ya conocidos por esta etnia desde antiguo. Los Machiguenga, según numerosos relatos, protegen ese lugar y lo que sería la ubicación de la misteriosa ciudad de Paititi, dónde se cree que se refugiaron los últimos Incas tras la conquista del Perú. Para muchos esta etnia desciende de los incas que allí se refugiaron o de los que extraían el oro de la Amazonía peruana.

Hoy en día en las redes hay una amplia información sobre los Petroglifos de Pusharo, recomendamos el extenso artículo de Rainer Hostnig y Raúl Carreño Collatupa: “Pusharo, un sitio rupestre extraordinario en la selva amazónica de Madre Dios”.

A las ocho de la mañana de un día gris y lluvioso de finales de noviembre de 1989, dos miembros del equipo Bohic Ruz, Francesc Serrat y Angela De Dalmau, acompañados de Rubén Iwaki, emprendíamos una singular expedición para poder contemplar in situ el origen de variadas especulaciones sobre el camino de entrada al legendario Paititi. El punto de partida fue el Cuzco, pasando por Paucartambo, para descender a la Amazonía en un camión de carga. Dejaríamos atrás el fundo de Patria, donde nació Rubén Iwaki y Pillcopata hasta finalmente, después de dos días de viaje llegar a nuestro primer objetivo, la comunidad de Shintuya, a orillas del río Alto Madre de Dios y frente a la espesura del macizo del Pantiacolla. Shintuya es un poblado que reunía, en aquel tiempo, a una treintena de familias de la selva de la etnia Amarakaeri, bajo la administración de una misión de Dominicos.

El 2 de diciembre de 1989 remontamos durante dos horas las aguas del río Alto Madre de Dios, en la frágil embarcación llamada “peque peque”, hasta la confluencia del río Palotoa. Dos horas después fuimos advertidos que ya navegábamos sobre las aguas del río Sinkivenia (así llaman los nativos al curso medio del Palotoa) y aquí tuvimos que empujar la embarcación en numerosas ocasiones, debido al bajo nivel de las aguas. Antes de llegar a nuestro objetivo nos vimos obligados a hacer dos campamentos a orillas de río Sinkivenia, el último en la confluencia de este con el río Pusharo (hoy en día considerado también Palotoa). Mientras estábamos montando el segundo campamento, apareció por el río una canoa con unas seis o siete personas que descendían dirección Shintuya. La sorpresa fue cuando Rubén fue saludado a gritos desde la canoa por uno de los tripulantes y a su vez Rubén contestaba al saludo de su conocido con gran alborozo. Nuestra sorpresa fue enorme, ¿encontrar conocidos en un lugar tan remoto?

Remontando el río Palotoa / Camino de Pusharo hacia los petroglifos

El 3 de diciembre, desde nuestro campamento emprendimos la marcha hacia los petroglifos. Andamos Pusharo arriba, cruzamos el rio más de cinco veces, la mayoría con una fuerte corriente y con el agua hasta la cintura. Después de dos horas y media de andar por el agua y playas pedregosas llegamos a una pared parcialmente oculta por una barrera de vegetación a unos 100 metros de la orilla del rio PUSHARO, donde por fin pudimos admirar los Petroglifos. Un impresionante mural en un acantilado de unos 30 metros de altura, de los cuales solo unos dos metros, a la altura de nuestros ojos y una longitud de unos 25 metros, están grabados. Lamentablemente la arena arrastrada por el río y la lluvia cubrían ya dos metros más de petroglifos. Rubén nos aseguró que en el 78, cuando visitó por primera vez los petroglifos no estaban tan cubiertos. Un amigo suyo estuvo en el 74 y también lo constataba.

La imposibilidad para encontrar un significado al mensaje que ahí encierra en sus grabados, la gran pared lítica de unos treinta metros de altura por cien de largo, enmudece a quien los contempla absorto y sumido en un torrente de especulaciones, reservándolas para los científicos.

Figuras grabadas en bajo relieve, rostros antropomorfos en forma de corazón, otras expresando caprichosas figuras, rombos, triángulos, espirales y círculos que encierran gráficos fundamentales, donde predominan los puntos, las líneas entrecruzadas y hasta alguna cruz. Figuras que podrían semejar a serpientes, ríos o tal vez a caminos. Líneas quebradas y onduladas, haciendo del zócalo de esta gigantesca pared, un mural que presenta un evidente mensaje abstracto, una composición gráfica de indiscutible belleza.

El exuberante follaje de sus inmediaciones no nos permitía su eficaz observación. La súbita presencia en la orilla opuesta a los petroglifos de una pareja de jóvenes Machiguenga y una gran tormenta que se avecinaba, alertó e inquietó muchísimo a nuestros guías Amarakaeri que decidieron emprender rápidamente el regreso al campamento y no pudimos explorar las inmediaciones de los petroglifos. Hoy en día se han encontrado dos sectores más, con algunos petroglifos, en las cercanías. Abandonamos el lugar casi a la carrera que marcaban nuestros guías y gracias a que esta vez encontramos el camino, regresamos en menos tiempo al campamento que recogimos rápidamente. Ya en la embarcación descargó una furiosa tormenta que amenazaba con hacer zozobrar la pequeña canoa y que nos hizo sentir en lo profundo de nuestra alma que quizás habíamos profanado un lugar sagrado…

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Teorias e Interpretaciones

Los autores, Rainer Hostnig y Raúl Carreño Collatupa en su publicación de 2006 dicen: “El soporte rocoso, –roca arenisca y no granítica como erróneamente aparece en la bibliografía sobre Pusharo, (…) aparte de la delgada capa superficial de alteración silícica, no presenta mayor resistencia a la percusión y pudo haber sido trabajada fácilmente con instrumentos sencillos de piedras afiladas de dureza mayor, como las que abundan en las orillas del río Palotoa. (…) Por sus características morfo-climáticas, el lugar es periódicamente inundado por el río, mientras que los remolinos formados en época de crecida delante de los acantilados en ambas márgenes han removido el suelo innumerables veces desde que se hicieron los petroglifos; debido a esto es prácticamente imposible encontrar sustratos que contengan evidencias de artefactos arqueológicos, como fragmentos de cerámica, herramientas líticas, materiales orgánicos como restos óseos, tejidos o carbón de fogones, los que permitirían un fechado relativo de los grabados. Cualquier especulación sobre su edad sería prematura. (…) Un análisis detenido de los grabados permitiría determinar si es sostenible o no nuestra hipótesis según la cual los petroglifos fueron hechos en un corto lapso de tiempo por miembros de un mismo grupo étnico, sin adiciones rupestres posteriores, con excepción de algunos fakes de reciente producción. (…) Ferstl (1986) describe la técnica de ejecución empleada como de percusión o picado profundo, posiblemente realizado con hachas o martillos líticos con posterior acabado hecho restregamiento con una piedra y arena húmeda. Esta observación es válida para la mayoría de los grabados del panel”.

También destacamos estas palabras: “Estamos de acuerdo con el padre dominico Aza (1923) quien, poco después del descubrimiento de los petroglifos de Pusharo, (…) había concluido que los grabados son obra de un pueblo amazónico de la época preincaica. Deyermenjian (2000) coincide con esta observación al mencionar que no existe indicio alguno para sospechar una afiliación cultural inca de los grabados. El hecho de haberse encontrado hachas de piedra de facción incaica en la cuenca del río Palotoa, nos revela la existencia de colonias inca en la zona durante la época expansiva del Tahuantinsuyo (1450 a 1533), pero de ninguna manera se puede asociar estos hallazgos con los grabados de Pusharo. Las especulaciones “quechuacentristas” según las cuales los petroglifos estarían organizados espacialmente de acuerdo a los tres niveles del mundo de la cosmovisión andina (el hananpacha, el kaypacha y el ukuypacha), no tienen ningún fundamento y corresponden a la percepción de quienes tienen dificultades en poder concebir la existencia de pueblos pre incas y, sobre todo, amazónicos capaces de expresar sus ideas y mitos en un lenguaje simbólico y abstracto mediante un sistema de representación visual propio y una semántica compleja”.

Teorias e Interpretaciones

“Por el alto grado de abstracción de los grafismos es de suponer que estos fueron la obra de una sociedad amazónica culturalmente avanzada que habitaba la zona hace quizás mil o dos mil años atrás. Será difícil establecer la filiación cultural exacta de los autores y quedará posiblemente por siempre la duda sobre si estos fueron los antepasados de los matsiguenkas o miembros de una etnia diferente que ha desaparecido dejando como única huella palpable de su paso por el mundo esta extraordinaria obra rupestre en las orillas del río Palotoa”.

“Pensamos que la interpretación más cercana a la realidad es la que aboga por el origen chamánico de los grabados de Pusharo, como ya lo observaron Vega Centeno (1996) y Deyermenjian (2000). En este caso, y basándonos en los escritos de Reichel- Dolmatoff (1971, 1978) y Schultes & Hofmann (1992), los petroglifos serían representaciones abstractas de la cosmología, del mundo mítico y espiritual plasmadas en la roca por los “soñadores” del mundo amazónico, poseedores de una percepción global y precisa del universo que les es dada en el momento del trance chamánico producido por plantas alucinógenas (Ayahuasca o el extracto de otras plantas). En el caso de los matsiguenkas, el trance que producen estas plantas posibilita según Baer (1994:134) el contacto de los chamanes con los saanka’rite o espíritus protectores que habitan en el bosque y cuando el chaman, en vez de tomar ayahuasca (Banisteriopsis sp.) o tabaco, ingiere otros jugos vegetales, puede lograr visiones donde aparece un jaguar poderoso, quien protege a los matsiguenkas, pero cuya verdadera figura es humana.(…) Es posible que un motivo altamente esquematizado y repetitivo de Pusharo (signo T con apéndice vertical a manera de penacho de plumas), represente esta visión chamánica de un jaguar o la transfiguración de un chamán en felino”.

“Es importante recalcar que el significado de los símbolos gráficos, metáforas y alegorías, que hoy nos parecen impenetrables, era común y entendible por los miembros contemporáneos de la etnia. El estudio de los mitos puede, sin embargo, ayudar a descifrar algunos de los símbolos. Por ejemplo, el motivo de las cabezas que aparecen grabadas en diferentes formas y tamaños, muy probablemente representen máscaras, pues era y sigue siendo costumbre muy difundida entre los pueblos amazónicos el representar a los seres extrahumanos de sus mitos mediante máscaras hechas de diferentes materiales (calabaza, barro cocido, madera y corteza de árbol). Para los piros, shipibo-conibos y matsiguenkas, estos seres mitológicos son los dueños espirituales y protectores de los recursos del bosque, particularmente de los animales de caza a los que, como son peligrosos y feroces, hay que neutralizarlos mediante las máscaras en las que estos se han transformado. (Baer, 1998, Vega C. 2003:70, citando a Baer)”.

“Los pocos datos etnográficos publicados sobre Pusharo se los debemos a los investigadores Baer, Ferstl y Dubelaar (1983). (…) Los autores manifiestan que según la creencia de los matsiguenkas, estos petroglifos denominados por ellos sankena’rintsi, fueron hechos por su héroe cultural Chaenka’vane.

Los nativos visitaban el lugar a intervalos irregulares, particularmente cuando iban a cazar un tipo especial de mono que habita esta parte de su territorio comunal. Durante sus visitas al lugar, ellos pintaban algunos petroglifos que consideraban importantes (caras, huella de puma, líneas sinuosas indicando ríos), con una pintura vegetal de color azul-negro hecha en base a huito (Genipa americana), empleada también (al igual que el achiote) para las pinturas faciales y corporales”.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Nuestra Hipotesis

Angela De Dalmau

Estas últimas observaciones son las que nos hacen llegar a la conclusión que las caras antropomorfas en forma de corazón, no son máscaras sino que hacen referencia a las caras de los monos amazónicos (monos araña, aullador, lanudo, tití ardilla, entre otros) que los autores de los petroglifos cazaban como principal fuente de su alimentación.

Hemos puesto como ejemplo tres especies representativas de monos amazónicos.

Cuando acudimos a Pusharo, solo tenía conocimiento sobre los grandes primates, especialmente el Gorila, ya que en aquel tiempo me dedicaba activamente a la primatología. Hoy en día gracias a la experiencia con primates arborícolas de Sur y Centro América, no puedo evitar ver sus caras en el gran mural de los petroglifos e incluso sus colas en forma de espiral. También se, por larga experiencia, que la mayoría, por no decir todas, las etnias amazónicas se alimentan de los monos que habitan en su entorno.
Nuestra hipótesis no es conclusiva, pero si con ella queremos incitar a futuros investigadores a profundizar en la cosmología y comportamiento del pueblo Machiguenga, ya que en definitiva los petroglifos se encuentran en su hábitat. Pensamos que en cualquier equipo de investigación referente a cualquier tema sobre la amazonia es necesaria la presencia además de un antropólogo, al menos de un conocedor profundo de la fauna y flora del lugar.

En 1989 buscábamos en los petroglifos un mapa o una indicación que nos acercara a la ciudad misteriosa del Paititi. Nada entendimos… Hoy desde la madurez y una perspectiva más amplia vemos, en este mural, el lenguaje simbólico y abstracto de los que habitan o habitaron la zona.

BIBLIOGRAFÍA CONSULTADA
• Hostnig, Rainer y Carreño Collatupa, Raúl. “Pusharo, un sitio rupestre extraordinario en la selva amazónica de Madre de Dios, Perú”
En Rupestreweb, http://www.rupestreweb.info/pusharo.html 2006
• Iwaki, Rubén: “Operación Paititi” Editorial de Cultura Andina, 1975
• Neuenschwander landa, Carlos: “El Paititi en la bruma de la historia”. Editorial Cuzzi y Cía. S.A. Arequipa, 1983
• Ortega San Martín, Fernando: “PAYKIKIN, la última ciudad Inca” Ediciones Edym. 1997
• Porras G., Pedro: “Arte Rupestre, del Alto Napo- Valle de Misagualli, Ecuador”. Artes Gráficas Señal. Quito. Ecuador. 1985

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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